5. Españoles inmigrantes: Pekín

Cuando aterricé en Pekín no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar. Había estudiado algo del idioma unos años antes, por pura curiosidad, pero apenas conocía nada de la cultura, la geografía o la historia de China. Tampoco había salido de España más que para ir de vacaciones. Para rematar la faena, no conocía a nadie en el país.
Vine, fundamentalmente, por trabajo. Algo que se me hacía extraño, al pensar en la cantidad de inmigrantes chinos que llegan cada día a Madrid precisamente para eso, para trabajar. Curiosamente, lo que no pude encontrar en España lo encontré aquí: un empleo relacionado con lo que había estudiado y que me permitiese salir de casa de mis padres antes de los 30. También, todo hay que decirlo, la idea de cambiar de aires de forma tan radical me resultaba bastante emocionante. No puedo quejarme de las condiciones que me tenía cuando llegué… un buen trabajo en el que me relacionaría con más hispanohablantes y alojamiento, en un hotel, al menos hasta que encontrara piso.
El primer problema y más importante de todos (aún sigue siendo un gran obstáculo para muchas cosas) fue el idioma. En el chino, aparte de los caracteres (que hay que saberse de memoria para poder leer y cada uno, más o menos, corresponde a una palabra), existe el pinyin, es decir, la traducción fonética al alfabeto occidental de cada caracter. Así, por ejemplo, el pinyin de ?? (hola), sería “ni hao” (cómo se dice). El chino que había aprendido en Madrid era mínimo y poco práctico, y apenas me valía para formular algunas preguntas, cuyas respuestas, por desgracia, no entendía. Lo primero en que noté lo perdida que estaba fue al ver que no podía clasificar nada de lo que me rodeaba… No es fácil distinguir unos establecimientos de otros si los carteles están sólo escritos en caracteres, lo cual es lo más habitual. No sabes si venden fruta o dan masajes, o si es un restaurante o una tienda de electrónica hasta que no estás dentro para comprobarlo. Esto hace muy difícil que uno maneje el entorno nada más llegar. Dependes casi en exclusiva de la memoria fotográfica para poder reconocer cada lugar, y tienes que buscar referencias que te ayuden a ubicarte constantemente. De pronto, eres un auténtico analfabeto.
En muchos aspectos, la sensación de impotencia era (y es) tremendamente frustrante…Uno puede llegar a hablar y entender chino pero también es muy importante poder reconocer los caracteres. Cómo se pronuncian y cuál es su significado. Llegar a escribirlos… ya es otra historia. Aunque el uso del inglés, con la llegada inminente de las Olimpiadas cada vez está más extendido, no es lo habitual y tareas tan cotidianas como ir a la compra, al banco, o buscar una dirección se hacen casi imposibles y al principio, requieren horas y mucha preparación, logística y psicológica. Y no digamos nada de buscar piso, solicitar el permiso de residencia o ir a un hospital. Rellenar cualquier formulario es casi imposible, así que siempre hay que pedirle al funcionario de turno que lo haga por ti. Tampoco es nada fácil pedir en un restaurante si las cartas no están en inglés o al menos, llevan las fotos de los platos. Si esto no pasa, hay dos soluciones. Elegir al tuntún o dar una vuelta por las demás mesas y elegir lo que comen los demás, sólo por la pinta que tiene.
Cuando llegué, con quien primero tuve que lidiar fue con el personal que trabajaba en el hotel. Ni ellos hablaban inglés ni yo chino, así que cada vez que necesitaba algo, bajaba con el diccionario, papel y boli. Algunas veces, haciendo dibujitos o mediante gestos, lográbamos entendernos. Otras, no había manera y simplemente, lo dejaba por imposible. Hoy, cinco meses después, he logrado prescindir del diccionario pero muchas veces, sigo recurriendo a los dibujos para expresar miles de ideas.
En realidad, hasta que no empecé a trabajar, dos días después de llegar, no tenía con quién hablar. A pesar de estar rodeada de gente, la imposibilidad de comunicarme con nadie hacía que me sintiese tremendamente aislada… Sencillamente, necesitaba expresarme, hablar con alguien en mi idioma. Contar lo que me iba pasando, cómo me sentía. Nunca había pasado por algo igual, y me generaba un poco de ansiedad el hecho de pasarme el día callada, o luchando por hacerme entender y por entender. Por eso, cuando conseguía contactar con alguien en España, me tiraba horas hablando por teléfono.
Hablando de teléfono, descubrí lo importante que es aquí el móvil para los extranjeros para desplazarse por la ciudad… sobre todo, los mensajes de texto. Pekín es un sitio inmenso, más de 18.000 kilómetros cuadrados, y la red de metro aún no está muy desarrollada. Poco a poco y de cara a los Juegos Olímpicos va mejorando, pero aún hay muchas zonas donde sólo llegan autobuses. Así las cosas, lo más socorrido y por suerte, nada caro, es el taxi. Si el taxista no te entiende, puedes probar a escribir el destino en caracteres y esperar a que entienda tu caligrafía. A veces es mejor que lo haga alguien por ti. Lo más habitual es que te manden la dirección al móvil, a través de un mensaje de texto y siempre en caracteres. Luego, lo único que tienes que hacer es enseñarle el mensaje al taxista. En último caso, se puede llamar a alguna persona que hable chino y que le explique al conductor dónde quieres ir. Mi problema fue que me traje el móvil español y, sorpresa, no reproducía caracteres. Algo que ni se me había pasado por la cabeza… Tuve que remover Roma con Santiago hasta que me enteré de que se podía modificar el sistema del teléfono para que los reconociese. Esto me permitió no sólo recibir direcciones, sino también mensajes en chino. Ahora, el problema es entenderlos…
No conocer el idioma hace que vivas al margen de la comunidad en la que vives y que descartes hacer cierto tipo de cosas, al menos al principio, porque sencillamente nunca sabrías expresar qué es lo que quieres. Tampoco puedes plantearte leer un periódico o visitar una página en internet que no esté traducida y por supuesto, te expones a que te tomen el pelo a cada rato. Además, entender la cultura y el comportamiento de la gente se hace mucho más complicado. Sin embargo, la barrera del idioma no sólo dificulta el día a día, sino, lo que es más importante para que puedas sentirte realmente integrado: las relaciones personales. El poco chino que sé me permite hablar con la gente a un nivel muy básico, así que se me hace difícil entablar una amistad con alguien del país. Mantener una discusión medianamente adulta es, para mí, casi imposible… Tienes mil cosas en la cabeza que te gustaría contar, preguntar… pero no sabes cómo, así que las conversaciones suelen ser bastante superficiales. Eso sí, la cosa puede mejorar cuando la persona con la que hablas es consciente de que no entiendes bien el idioma y se esmera en hablar despacio, usar las palabras que tú conoces y, sobre todo, gesticular. Lo malo es que muchas veces, nuestros gestos no coinciden para nada… cosas de la cultura. Pese a todo, llega a sorprender cómo a veces, con algunas palabras y un poco de imaginación, puede haber un entendimiento casi perfecto. En estos casos excepcionales, la satisfacción es inmensa y hace que uno caiga en la cuenta de que a pesar de las barreras, al final, no somos tan diferentes como creíamos.
Por Ana Sánchez
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