<%@LANGUAGE="JAVASCRIPT" CODEPAGE="1252"%> Boletin-AFROAID-España
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Igualdad de derechos y oportunidades + apoyo humano + diversidad + tolerancia + cambio social + reciprocidad + multiculturalidad
BOLETÍN ELECTRÓNICO Nº8 JUNIO DE 2010
SUMARIO

»1.
La invisibilidad de la mujer inmigrante. ¿No la ves?
» 2. Soy mujer, inmigrante, madre, trabajadora e invisible
» 3. Encuesta Facebook- AfroAid
» 4. Desde que colaboro con AfroAid, las noticias de las nueve tienen nombre propio.
» 5. Amputaciones en mis sueños
» 6.
Imelda y su escuela
» 7.
Breviario Alfabético


5. Amputaciones en mis sueños

Sé que podría parecer sensacionalista abrir un texto sobres mis recuerdos en Sierra Leona con este título, pero lo necesitaba. Como periodista, lo que más me atraía de Sierra Leona era tratar de entender una guerra civil que asoló este país durante toda la década de los noventa. Una guerra fundamentada en el intento por parte del FRU (Frente Revolucionario Unido) de hacerse con el control de las ricas zonas diamantíferas situadas en la parte más oriental del país. Este salvaje grupo guerrillero, formado en Libia y apoyado por el Gobierno liberiano de Charles Taylor, instauraría la conocida ‘moda’ de amputar brazos y piernas a todo ciudadano no seguidor de su causa. Fueron muchos. Este viaje, que abarcó el mes de agosto de 2009, me descifró, en toda su magnitud, el significado de la expresión: ‘Diamantes de sangre’.

Viajé a Sierra Leona con mi novia Nuria e invitado por la ONG que publica este escrito: Afro_Aid. Había colaborado con ellos como profesor de español para inmigrantes y, un buen día, nos plantearon la posibilidad de desplazarnos al país para conocer los proyectos que allí están desempeñando: una escuela y apoyo a una asociación de viudas de la guerra. Acepté encantado.

Nos alojamos en Freetown, capital de Sierra Leona, con Imelda y su familia. Imelda, una mujer excepcional, trabajadora e inteligente como pocas, que dirige esta escuela y que nos acogería como a reyes. Su familia, única. Sin embargo, de la escuela hablará Nuria, que se involucró mucho más que yo en ella. Yo, por otro lado, me centraré en la asociación de viudas, causante de los sueños del título.

Esta asociación se halla localizada en Grafton, un antiguo campo de desplazados por la guerra a las afueras de Freetown, y convertido ya, con el paso del tiempo, en un pequeño poblado. Formado por chozas de madera y barro, y habitado por sierraleoneses originarios de todos los rincones del país, sus historias nos transportan al lado más oscuro de la sinrazón humana.

Con el apoyo de un misionero occidental, y más tarde de Imelda (con su hijo Edmond y su hermano Andriu) y Afro_Aid, la iniciativa de Memunato Bengura, viuda de la guerra, daría origen a la asociación. Cansada de llorar sola, fundó este grupo para que se respalden las unas a las otras, hacerse más fuertes. Lo consiguieron. Van a cultivar juntas, o a la cantera, o a recoger leña; se escuchan y animan entre ellas. Luego se reparten los beneficios, incluso entre las que no pueden trabajar por enfermedad o minusvalía. ¡Tanto sufrimiento acumulado!

Déjenme, a modo de ejemplo, narrarles una de las historias. Su nombre es Aminata Bangura. Lleva colgado del cuello un Ipod con el símbolo del Real Madrid, un obsequio llegado de un país rico que choca con su extrema pobreza. Su choza de barro la forman dos habitaciones diminutas, repleta de goteras, con plásticos y desperdicios. Días antes de la entrevista, su única hija había muerto de enfermedad. Su nieto ha quedado bajo su responsabilidad. Mendiga para sobrevivir. Sus brazos los sustituyen dos muñones: “Cuando los rebeldes nos atacaron corrimos hasta la selva. Nos persiguieron. Mi marido iba conmigo. Los rebeldes nos capturaron y nos llevaron a otra aldea. Allí me pidieron que preparara arroz para ellos y que limpiara. Los rebeldes enviaron a mi cuñado a por agua (que también había sido capturado) y él escapó. Iba escoltado por dos rebeldes y logró escapar. Enfadados, y como represalia, nos castigaron a nosotros: a mi marido lo cortaron en trozos con un machete, hasta que murió. A mí me dijeron: “¿No creerás que te vamos a dejar así?”. Y me cortaron las manos. Luego se marcharon y me dejaron allí mal herida”.

Historias que se repetirían entre las demás viudas. Una existencia trágica que marcaría mis sueños.


Moncho Satoló


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